Emigro y suspiro

Bienvenidos a todos los lectores.

Esta es la historia de cómo decidí salir a trabajar al extranjero debido a la situación que sufre España hoy en día.

Tengo 24 años, soy padre de un pirata de 3 años, marido de una princesa de 30 además de ser un hijo, Nieto y hermano entre otros.

Soy webmaster, llevo años viviendo de eso, pero por determinadas circunstancias el trabajo ha flojeado y mi mujer ha sido reincorporada del erte para luego ser echada.. Circunstancias variadas.

No sabía si llegaba a fin de mes aún con las ayudas del estado, tras meses llevando currículum un amigo me habló de esa oferta de trabajo. Contacté con la empresa de colocamento y en una semana me dieron fecha para incorporarme; una semana después estoy trabajando en el extranjero.

Básicamente una empresa de colocamento española colabora con una holandesa que se apoya en otra de sistemación de los empleados.

Me instalaron en una casa de 16 habitaciones en un camping en el norte del país, a una hora en coche del puesto de trabajo.

El viaje tuve que consteármelo yo solo. Por menos de 100€ llegué a destino no sin pasar la noche en Varsovia muerto de frío.

Cuando llegó me viene a buscar ese amigo que ya lleva meses aquí en otra empresa distinta a la mía y me lleva a mi casa, cerca de la suya (soy un afortunado, ese niño es un trozo de pan, me ha prestado hasta toallas y halmoadas <3).

Antes que nada, ese lugar es maravillosa; muy verde, serena, calma, ordenada y atenta. Las personas hacen las cosas con cariño. Mi camping está cerca de una reserva natural; nada que ver con los camping españoles. Son minicasas muy confortables en un contexto muy tranquilo. Lo ame desde el principio. Hay a quien le toca compartir una minicasas con otros dos trabajadores con los que comparten coche y puesto de trabajo también. A mí me tocó compartir casa con 8 hombres del este que hablan muy poco el inglés, que al principio parecía que fueran a acuchillarme , pero que se han revelado unos férreos trabajadores, no demasiado alegres pero muy reservados. Todos educados aún sin hablarme casi.

Tengo que compartir baño y cocina con ellos; no, no es el máximo. Imagínense una casa tan grande cuan poco íntimo puede revelarse todo. Sin contar la higiene y demás. Pero bueno, trabajo tanto que tampoco es que necesite mucho la casa.

Comparto el coche con dos de ellos con los que voy a trabajar, turnos nocturnos de 10 a 7. Una hora de coche para llegar y otra para volver, que es justo cuando estoy escribiendo estas líneas. Entro en media hora y ya me noto los pies cargados.

Trabajo en la más grande cadena de paquetería eninvios de por aquí. Mi trabajo consiste básicamente en cargar y descargar camiones llenos de paquetes. Más adelante hablaremos del por qué no les aconsejo pedir electrónica por internet. Vayan a la puta tienda, coño.

Entonces nos ponemos la botas, literalmente, chándal y gorrito de muelle y entramos. Control de seguridad, taquilla, todo lo que hace falta y entramos. Hay paquetes de 100gr como de 50kg. Es un trabajo duro, físico, de los que ensalza a mougham en su maravilloso » sobre el filo de la navaja».

Me da tiempo para pensar, tarareo algo hasta que me muevo de línea y voy a ayudar algún compañero. Hablamos de lo mucho que pesan los paquetes, que de donde venimos y para que estamos ahorrando ( el trabajo es, teóricamente, bien remunerado; así son los países del norte Europa. Lo que para ellos es una mísera de sueldo para nosotros y los del este son casi dos, so…).

Ayer fue mi primer día y durante la pausa para comer escuché un » .. chaaacho y que hago yo aquí 45 minutos?..» lo que me sacó una sonrisa y me sentí un poco más en casa.

Hablé con polacos, nigerianos, rumanos y estos dos españoles. Todos muy simpáticos y poco peligrosos. Todo que buscan cualquier motivo para echarse una risa durante aquellas interminables 10 horas de carga de camiones.

Nos dan pausas de algunos minutos para fumar; es así como nos tienen a nosotros y los del este contentos. Y la verdad es que funciona. Dios que cómodo es el sillón de la sala fumadores. Dormiría allí sin pensármelo dos veces.

He llegado al curro, tengo que entrar. Seguiré contándoles mañana 🙂

Sentir que soy humano

Sempre que lloro me amo, no sé si por sentir que soy humano, si por demostrarme que también me hago daño o simplemente por compasión.
Pero a veces lo hago, aunque sean dos rápidas y diminutas gotas de emociones.
He llorado por muchos motivos en todos estos años, he llorado por impotencia, por pasión, por sentirme afortunado y por no saber decir que no. Pero nunca había llorado por malincolia; hoy lloro porque los tengo, y no cerca.
Lloro porque a veces pienso que es mejor no tenerlos que tenerlos lejos.
Ese dolor se presenta, se despide y su cometa me envenena y no me deja lamerme las heridas.

El espantapájaros y los cangrejos

Jenny estaba cansada de todo aquello; estaba huyendo, ella lo sabía.
Sabía que no iba a solucionar nada, sabía que tendría que regresar antes o después, y no obstante seguía conduciendo.
El sol era tenue y bajo. Ninguna nube en el cielo para ocultarlo y seguía sin manifestarse claro, como si quisiera esconderse junto a ella. Janny apreciaba el gesto y de vez en cuando se sorprendía sonriéndole, dándole las gracias durante un segundo, antes de volver a su aspecto contrariado.
Llevaba ya unas horas conduciendo y no tuvo más remedio que pararse a llenar el tanque. No sabía cuánto iba a conducir, pero necesitaba sentirse libre de hacerlo cuanto quisiera. Intercambió el dinero con las llaves y dio las gracias desde dentro el coche.
No había pensando en cambiarse antes de salir, todo fue muy repentino; agarró las llaves, el bolso, unos zapatos y salió corriendo. Solo antes de entrar a la gasolinera se dió cuenta que seguía con el pijama. Llevaba una camiseta y un pantalón de chandal, ambos grises y cortados con tijeras por ella misma para que los agujeros fueran más anchos. De dos o tres intentos, había conseguido el pijama perfecto; un conjunto lo bastante caliente como para no resfriarse y lo bastante suelto para que ni lo notara. De hecho le parecía estar desnuda todo el tiempo, y de hecho la mayoría del tiempo lo estaba, pues sea en la camiseta que en el pantalón había quedado tan poca tela que a cada movimiento revelaba algo nuevo de ella. Por suerte había conseguido trabar lo que quedaba del pijama entre la espalda y el asiento, dando la impresión que llevara un verdadero pijama .
Estaba conduciendo con las manos agarradas por debajo del volante. Soltó despreocupadamente la derecha y agarró el segundo café que había comprado estando sentada. Terminó lo que quedaba de un trago y volvió a dejar el vaso en el mismo sitio.
Se notaba pesada, lenta.. cansada. No tanto de no dormir, sino de todo lo demás. Llevaba ya una hora conduciendo por la costa acantilada y el cielo aún no se había despojado de la negrura de la noche.
La joven se volvió a poner cómoda y decidió apagar los faros con un torpe movimiento de los dedos que volvieron a arrastrarse a su sitio. La visibilidad no cambió en lo más mínimo. Ya se veía todo y no obstante no era día aún. Dió un golpe con el índice al elevador de la ventanilla izquierda, que bajó completamente dejando entrar un frío aire punzante con sabor a mar. Tan rápido entraba que volvía a salir y a cada trompo que daba el aire se llevaba consigo el largo pelo de Jenny. Ella volvió a cerrarla como pudo y se echó el pelo hacia atrás. Toda su piel estaba erizada por el frío y una secuencia interminable de escalofríos empezó a recorrerle el cuerpo mientras el coche iba dando tumbos hacia delante.
La carretera se desvinculaba en una segundaria y la chica se deslizó junto a las montañas que bajaban hacia unas llanuras doradas.
El sol fué saliendo lentamente de donde quiera que estuviera, dando calor a todo lo que encontraba. Ella ralentizó el paso y bajó la ventanilla; un nuevo aire regenerado y caliente la abrazó desde atrás y el sol la besó delicadamente.
Abrió también la otra ventana y recogió el pelo para que pudiera conducir sin obstáculos. Se recostó nuevamente sobre el asiento, sacó la mano desde la ventana y la hizo jugar con el aire. La miró durante un segundo y se distrajo, cuando volvió a escrutar la carretera vió a lo lejos lo que le pareció ser un espantapájaros.
La figura de un hombre con un sombrero de paja y las manos levantada. A cada segundo que se iba acercando la imagen se volvía más nítida y más surreal; el brazo izquierdo se agarraba al poste de la luz, y el derecho estaba levantado como si estuviera pidiendo que lo llevarán a algún lado. Fue inclinándose siempre más hacia adelante, no tenía sus gafas y ver tan lejos se le hacía imposible. Desaceleró el coche hasta que, praticamente a la altura del espantapájaros, éste se giró rápidamente acompañando el movimiento de la vectura. Jenni casi da un volantazo por el susto, cuando volvió a domar el coche ya estaba lejos y no conseguía verlo desde el espejo retrovisor.
La duda la inundó. No podía ser un espantapájaros, pero ¿Que hacía alguien «haciendo dedo» tan pronto, con aquellas pintas y en aquel lugar?  Cuando llegó a la primera rotonda volvió hacia atrás automáticamente. Se sorprendió preguntándose a sí misma si hubiera estado dispuesta a cargar en su coche un viandante, en otras condicciones, porque en la situación en la que estaba, seguramente no. ¿Y por qué volvía? Tenía que ver mejor aquella persona tan rara; en su memoria se había grabado la imagen de unos ojos marrones que se confundían con el resto de la sombra.
Cuando superó una curva volvió a verle desde lejos. Seguía en aquella posición tan rara ¿ Cuanto habrá llevado así ? ¿Que idiota se quedaría en aquella posición tanto tiempo? Estaba de espaldas y Jenny volvió a arrastrarse hacia el parabrisas para estar más cerca. Volvió a reducir a velocidad y él volvió a seguir su movimiento con la cabeza.  Estaba en lo cierto, era un chico, parecía joven, más que ella incluso, completamente sin barba y con el pelo rizado. Esta vez sonrió ampliamente y desde el retrovisor vio como finalmente cambiaba de posición y tras pararse en una posición humana levantó el brazo y empezó a saludarla; no de forma irónica, más bien como si la conociera y le deseara que todo le fuera bien.
Ella se quedó petrificada . ¿Cómo iba a conocerle? Se habra confundido con alguien, pensaba para ella. Pero lo que realmente pensaba era en lo sincero y amables que fueron sus acentos de saludos. Aquella sonrisa tan educada y aquel movimiento de codo tan tímido le hicieron preguntarse quién era y por qué estaba allí.
Volvió a invertir el sentido de marcha y empezó a dirigirse hacia el espantapájaros. Faltaba menos de un kilómetro y le entró miedo de que pudiese pararse a recoger a aquel desconocido si bien joven y educado. No sabía nada de él, podría ser un asesino, por lo que ella sabía. Llegó al punto más lejano desde donde alcanzaba a verlo. Él se había sentado en su pequeña maleta y había sacado un libro. Su pulgar seguía levantado y bajaba solo para cambiar pagina. Jenny estaba nerviosa, no sabía qué hacer; quería una aventura, la necesitaba, y no obstante no estaba convencida de que aquella pudiera terminar bien. A 200 metros de él se resignó; apoyó la espalda hacia atrás y aceleró. Le paso delante tan rápido que apenas pudo verle bajar el libro el tiempo justo y necesario para sacar la lengua en una mueca irónica de cansancio. Ella miró de golpe hacia adelante, distraída, y distraída levantó el pie del acelerador mientras se iba acostando al borde derecho de la carretera. No sabía que pasaba; se había parado a pensar, estaba un poco desorientada y no sabía qué hacer. Cuando volvió en sí echó un vistazo al retrovisor. El joven estaba yendo hacia ella; había guardado el sombrero y llevaba la maleta en peso. Un escalofrío le recorrió la espalda. Metió la primera y sus pies se posicionaron para acelerar rápidamente y huir. El chico había interpretado su acostar como un invito a subir, y ella no pudo culparlo. Se acercó rápidamente casi trotando con su camisa abierta y mientras ella se preguntaba sobre que hacer, él se asomó por la ventana; – Hola desconocida, yo soy Jen – ansimó sonriente mientras recobraba el aliento. – ¿Hacia dónde vas? – Aquellas palabras retumbaron en el vacío del asiento derecho.
-No lo sé, la verdad- dijo ella tras unos segundos de silencio, sin ningún tipo de temor.
El rostro de Lenny era tan puro y sincero que la chica no tuvo más remedio que aceptar el hecho que no era ningún tipo siniestro y malvado, al revés ; cuanto más de cerca lo escrutaba, más fascinante le parecía. Tenía largas pestañas rizadas, unos ojos largos y achinados contorneados por un borde negro que le daba un aire místico. La camisa estaba totalmente desabrochada y el aire la movió a modo de orgullosa bandera. Era fuerte y viril, aún sin dejar de parecer un niño muy crecido, un verdadero Peter Pan de los tiempos modernos. El pelo parecía paja oscura y Jenny seguía sin saber definitivamente si era un espantapájaros o no.
Él se rió de su respuesta aún sin parecer turbado por tanta indecisión y le contestó, con la naturalidad de quién te pide permiso – ¿Te puedo acompañar? Y luego cuando decides donde ir me lo comunicas. Si no molesto..- dejo caer aquellas palabras irguiéndose levemente como a darle la impresión que no era esencial para él subir. Jenny se dio cuenta que para ella sí que lo era y le contestó rápidamente – Vale, con que   no te pongas a cantar por mí vale -. El joven sonrió de satisfacción y cargó la maleta en el asiento trasero furfuñando – Pues tú te lo pierdes querida, llegó a tener mi guitarra y te hago llorar de la emoción en menos de 5 kilómetro. – A ella le hizo gracia y le siguió el juego. Le gustaba, le gustaba muchísimo más de lo que debería. – Soy una chica difícil, yo. No me muestro antes el primer desconocido como si lo que escondo no valiera nada.
-Já- sonrió él y tratando de abrir la puerta añadió – ¿Es en mi honor que tienes el pestillo puesto? – ella se acordó de repente de que su mejor amiga había roto la cerradura días atrás y saltó hacia él para abrirle la puerta desde dentro. El movimiento fue tan brusco y veloz que la camiseta se liberó desde detrás de su espalda y su seno derecho se asomó columpiándose lateralmente. Ella se quedó inmóvil, sintió el fuego divampar en sus mejillas. Seguía con los dedos sobre el pestillo levantado y la mano izquierda sobre el volante. El pelo que tenía amarrado fuerte en una coleta baja resbaló por la derecha de su cuello a la vez que ella bajaba la mirada para descubrir lo que temía. Sentía el peso tirar hacia abajo y la camiseta sujetarlo desde la base, como para darle impulso a la vez que se columpiaba. Al tiempo que lo vió notó como los poros de su piel empezaron a endurecerse y la auréola se obscurecía. No sabía por qué pero aquel inconveniente la excitó de sobremanera. Reaccionó después de un tiempo eterno a la vez que Jen abría la boca para soltar un dulce – Primero me gusta que me lleven a cenar-. Abrió la puerta y se sentó lentamente, dejando todo el tiempo para que Jenny se recompusiera. – ¿No será uno de esos taxis donde se paga con sexo? – ella seguía con una expresión avergonzada y sorprendida, con un color bermellón que se extendía hasta el cuello. – Lo siento muchísimo te lo juro, yo no… Es que he salido pitando leches en medio de la noche y no pensé que me alejaría tanto de casa y llevo muchas horas conduciendo y yo.. y nose como…o sea si que lo sé pero no debería haber pasado. Lo siento muchísimo. – estaba apoyada al respaldar con las manos sobre el volante, inmóvil con los ojos desgranados y la boca semiabierta. No se atrevía a mirarlo a la cara. Él se había puesto cómodo , como si estuviera en su mismo coche, tenía un aire como de quien entiende la situación y quiere que no cunda el panico. – Era broma naturalmente- ella seguía sin mirarlo, petrificada sin saber si arrancar. – Hey, desconocida..¿Me podrías mirar un momento?. Vale, mejor.. Hey, no pasa nada.Ya ves yo también estoy medio desnudo y no me avergüenzo. Mira yo también tengo pecho…Ademas es tu coche, puedes hacer en él lo que quiera. Bueno otra cosa es que obligues a tus copilotos a hacer lo mismo en ese caso… –
-Bhua, ¿Por qué no te callas, mejor?. Ya te he pedido perdón, ha sido un error de distracción. Ni voy enseñando las tetas por ahí ni va a pasar nada entre nosotros. –
–  Hey nadie aquí ha hablado de sexo. Yo me refería al nudismo.-
– Bueno eso tampoco.-
-¿Ah no? Yo te hacía una mujer despreocupada y sin tabúes. De las que baila desnuda bajo la luna llena.-
Ella se giró para observarlo incrédula y en cuanto encontró su mirada, él rompió en una risa tan contagiosa que Jenny no pudo que acodarse. -¿Que te pasa? Ya he hecho nudismo-.
-Sí claro, en casa con la cortinas cerradas- contestó mientras seguía riendo bajito.
-Si- confesó ella,- y también en la playa-.
-Ajá,  con tu ex en la Cala más remota de toda indonesia.-
– Bueno, en Vietnam pero casi,.- dijo perpleja -¿Me estás siguiendo, a caso?-
-Sí, ahora que me has enseñado tu seno ya puedo irme-.
-Perfecto la próxima parada está a dos minutos, así podré irme yo sola a aquella playa nudista – por qué habrá dicho eso pensó Jenny volviendo a su color rojo, aunque solo levemente.
-¿Dónde? ¿A la playa de los cangrejos? Qué suerte que esté solo a media hora. Bueno, vale, puedo acompañarte un poco más. – la volvió a mirar enquisitivo y sonriente a la vez. Ella estaba pasando de avergonzada a cabreada en cuestión de segundos.
– ¿Sabes que estoy bromeando, no? Ni vamos a ir a la playa de los cangrejos ni me vas a ver desnuda.-
-Cálmate, cálmate. Probablemente nos hayamos pasado ambos. – dijo con su aire de salvador de la situación, miró por fuera de la ventana, hacia las playas brillantes que se extendían hasta el horizonte y suspiró.
-¿Cuál es el último libro que has leído? – la pregunta fue acompañada por un repiqueteo de dedos sobre la guantera y la cogió por sorpresa.
-¿El último..? No sabría, llevo mucho sin leer. –
Vió como Jen se contraía en una mueca de disgusto y horror.
-Estás medio muerta entonces amiga.-
-Lo medio se, amigo- contestó ella impasíble y sería. Nunca lo había pensado de esa forma pero le pareció una gran verdad que se aplicaba perfectamente a su situación.
– ¿Y usted?- le preguntó sabiendo que trataba de usted cuando estaba incómoda.
Él sacó de su mochilla un tomo grueso de «las noche blancas» del viejo Fëdor y sonrió.
-No estés tan feliz, recuerda que parece un bonito romance. Pero es de Dostoevskij.-
Él abrió su amplia boca como queriendo gritar y de ella salió un – Lo sabía, lo sabía. Cuando vi tu  desastre de coche desde lejos, sabía que estaba siendo conducido por una bella persona, con una interesante cultura y unos pechos de diosa.- y se rió mientras volvía a avergonzarla.
-Vale. Remueve la imagen de mis pechos de tu cabeza. Gracias. Y además si te parezco interesante por conocer un autor romántico ruso entonces eres un crío aún.-
-Sí lo soy. Tengo veintidós años y sigo siendo un crío. Aclarado eso, ¿Que más has leído de él?-
– Bueno he leído «el jugador», «El príncipe»..-
-Hey,» el príncipe» no se le. Del príncipe uno se enamora.
– Creía que le pasaba sólo a las mujeres-
-¡Qué va! Le pasa a cualquiera que haya sido criado en la cultura cattólico-protestante-ortodoxa.-
-¿Y a los anglicanos?-
-No, a ellos le da igual- y volvieron a romper en una risa gustosa y aguda.
-Sabes, tenías toda la pinta de ser un lector-.
Dijo ella sonriente. Él aceptó el cumplido de buen grado agachando la cabeza y escrutó el mar.
Jenny se acordó de Kundera y de su escena de la cafetería, dónde la camarera servía un cliente que llevaba un libro. No era grueso, no era viejo y no lo estaba leyendo. Pero el simple hecho de tener un libro cerca hacía que la camarera incluyera el cliente en su ficticio círculo de lectura, y pasara a gustarle un poco más.
Ella lo miró sin apartar la vista de la carretera, era guapo e interesante. El pelo le caía en espirales sobre los ojos y era de esos hombres que aprietan la mandíbula cuando piensan. A ella le encantaba y seguía mirándola pensando en cómo le daba un aire serio y adulto.
Qué casualidad encontrarlo ahí, pensó. Empezaba a preguntarse por qué razón el destino había hecho que lo encontrara. Justo aquel día después de lo que había pasado. Ella estaba huyendo, y siempre se huye a solas. Eso lo había aprendido hace tiempo. Era lo más correcto, pensó. O no.
Echó un vistazo a los carteles en la carretera. Tomó el camino que seguía el agua  -Te gusta el mar? – preguntó ella. Él contestó asintiendo con la cabeza, silencioso.
-¿Te apetece darte un baño ? – preguntó notando como se le hacía un nudo en la garganta. Él sonrió y la la miró bajando la cabeza. Las piernas le temblaron levemente y se adentró en el primer camino de tierra. Un enorme cartel amarillo apuntaba hacia el agua al principio del largo pasillo; «playa de los cangrejos»

Mitch y su ojo verde

Mitch estaba saliendo de la ducha cuando se percató de lo mucho que había durado; todo a su alrededor estaba exidando agua, desde el espejo hasta los azulejos de la pared. Una nube de vapor espesa y blanca se había quedado dando vueltas en aquel minuscolo baño como sin saber salir.
Él estaba acostumbrado, le encantaban las largas duchas calientes, y más aún cuando notaba su aliento corto y su cuerpo agotado.
Como casi siempre decidió abrir la ventana el tiempo necesario para que la nube se dileguara un mínimo dejando que la tenue luz de la bombilla amarilla iluminara suavemente las paredes del baño.
En cuanto notó el aire frío sobre la piel mojada cerró de golpe y se mirò al espejo; notaba su pecho que seguìa intentando recobrar la compostura por el esfuerzo anterior. Había sido una sesión de entretenimiento, como la llamaba él, larga y extenuante.
Nami seguìa tirada encima de la cama, exhausta, con su su pelo obscuro y largo que se fundía con sus tatuajes y la fina sabana de seda negra que la separaba del vacío de su habitación.
Ella también seguìa ansimando, a decir la verdad aún no había terminado del todo su sesión; de vez en cuando se rozaba débilmente la ingle con los nudillos y otro escalofrío volvía a recorrerle la espalda.
Él no lo sabía, pero en lo que tardó en ducharse, 4 mini mini orgasmos post-orgasmo habían tenido lugar en su cama, sin su presencia. Por lo general eso le hubiera encantado, aunque también le hubiera encelado un poco..
Mitch era de esa clase de hombres que siente la imperante necesidad de ser el más placentero objeto del mundo, la más placentera de las compañías. Y, a él, eso no le pasaba sólo con su novia. Ese trastorno, como él lo definía, subía a flote en la presencia de cualquier persona que él encontraba interesante o atractiva; si en una cola se cruzaba con una mujer que le gustaba, el impulso de hablar con ella se apoderaba de su voz y de su cuerpo, y cada movimiento y palabra era dictado de ese impulso con el único fin de gustar, de ser la más placenteras de la compañías.
Se había dado cuenta que el nivel de su trastorno era tal que iba más allá del sexo, su necesidad de gustar era más bien un deseo social, un malestar personal.
Pero todo eso Nami ya lo sabía, al principio se lo había tomado como algo personal, luego, con el paso del tiempo, aprendió a aceptar Mitch tal y como era. Al fin y al cabo lo conoció que no era más que un crío, y según ella, desde entonces no había cambiado nada.
El baño estaba lentamente volviendo a llenarse  de vapor aunque sin llegar a bloquear la visual. Pasó el dorso de la mano sobre el espejo y se dispuso a secarse el pelo. El secador sopló ruidosamente y el cabello de Mitch empezó a revolotear rápidamente alrededor de su cabeza. Tanto tiempo que llevaba con el pelo largo y seguía sin acostumbrarse.
Se recogió el pelo castaño en un moño alto y se peinó la barba en punta hacia delante.
Se puso su perfume de siempre, colgó la toalla y salió del baño desnudo, caminando a zancadas largas casi presumiendo ante si mismo, casi tuviera que demostrarse algo a si mismo.
Entró en la habitación y encendió la luz, no era de noche aún pero de aquel lado de la casa el sol alumbraba solo por la mañana, y al anochecer se hacía casi imposible discernir la puerta del armario, menos sin tropezar con el borde de la cama baja que tanto quería Nami para su cumpleaños.
Silenciosamente extrajo del armario un vaquero y una camisa de lino, se remangó la parte baja del pantalón para poder estar descalzo y arrastró hacia atrás las mangas de la camisa.
Se sentó al borde de la cama y se echó hacia atrás :-¿Por qué Marc y Annie son tan pesados a veces?- susurró Mitch al vacío.
– Ya estás de nuevo – dijo ella sin quitarse la almohada de la cara – ¿Es posíble que nunca estés contento? – .
– No, si yo estoy contento, estoy entusiasmado -dijo él irónico – es que los juegos de mesa no son divertidos si el idiota de Marc no se rinde y deja de jugar a mitad del juego.-
-Sí que es idiota pero no siempre juega, y hoy viene con Lut-.
-¿ Lut ? ¿ La tipa que conocísteis cuando me abandonásteis ? -.
-Sí, y no te abandoné; quedamos que te recogeríamos a la vuelta, fuistes tú quien llegó tarde.-
-¡Yo no llegué tarde! Llegué pronto y fui a desayunar.- dijo el enfadándose de nuevo.
-No seas pesado Mitch, fué una votación popular. Desaparecistes durante una hora y llegábamos tarde. El caso es que en la playa conocimos estos chicos y Lut está en la ciudad y le dije que viniera..- dijo Nami con una pausa – La verdad es que te va a encantar; es lista, simpática, habla en voz baja y pide permiso. Y sabe jugar a miles de juegos de mesa. Además es guapísima y tiene una piel color café claro que pagaría por tener. Es probable que te enamores, como nos hemos enamorado nosotros, y como se ha enamorado Marc, y es casi seguro que estarás toda la noche soltando chistes y haciéndote el interesante. Así que ten cuidado porque te estaré vigilando – zancó quitándose la almohada de la cara y mirándolo. A él le entraron ganas de reirse, pero se contuvo y le contestó débilmente – Hey, no puede ser tan guapa y seguramente no puede serlo más que tú, y además ya sabes que nunca haría nada sin tí-. Ella lo golpeó en el brazo con su codo haciéndole daño y mientras él rodaba fuera de la cama para incorporarse con la expresión de alguien que ha recibido un disparo o algo parecido, ella añadió: – La verdad es que si te la ligas, como seguramente intentarás, no me lo perdería por nada en el mundo. O sea, Mitch, ya sabes lo celosa que soy…Pero con ella me daría igual, en una lista de las 5 más buenorras chicas en el mundo ella ocupa los últimos 2 lugares-
-¿Y quiénes se llevan las otras medallas?-
-Las tres, yo.- dijo ella serísima.
Él se rió nervioso y mientras ella se levantaba y se iba, el se quedó de pie, agarrándose el brazo dolorante con el otro brazo, solo la mueca de dolor cambió por una cara de póquer, pero dentro de él su corazón empezó a latir a toda prisa. ¿Qué tan guapa iba a ser esa tal Lut como para que su novia bromeara con eso ? Sintió un rápido hormigueo en el estómago y alcanzó solo a decir, mientras la chica estaba ya recorriendo la habitación desnuda ladeando la cadera de una forma sensual y provocatoria, -¿ De verdad ? – ella sonrió callada y siguió caminando- ¿ De verdad has dicho eso ? -. Pero ella seguía sin hacerle caso, casi no supiera hablar, y entró en el baño estallando en una risa contagiosa.
-Vete a la mierda Nami, no bromees con eso.  Con eso no se bromea y lo sabes. – se quejó bajando la cabeza y pensando : ¿Habrá sido verdad? ¿Cómo será? ¿Marc va a jugar o va a dar por culo todo el rato?. No terminaba de contestarse a sí mismo que tocaron el timbre.
Mitch lanzó una ojeada rápida al reloj de cuero que llevaba, eran las diez y la obscuridad de la noche empezaba a ingurgitar el gradiente que del azul llegaba al violeta.
Se les había hecho tarde y no se habían dado cuenta. No habían cocinado todo lo que s le habían propuesto, no habían ordenado la casa, ella aún ni se había preparado. Todos estos pensamientos fueron barridos por el recuerdo de Lut, su duda iba a resolverse. Sus piernas empezaron a andar automáticamente hacia la puerta mientras que de su boca salía un nervioso «voy yo» que Nami ni oyó. Mitch cerró la puerta del baño y se apresuró hacia la entrada de la casa. El timbre volvió a sacudir la habitación con su profundo vibrar. El anfitrión dió otros pasos más largos antes de pararse un momento delante de la puerta. Le parecía ya verla detrás de las puerta, tomo aire, expiró y abrió la puerta.
Marc estaba erguido, a medio metro enfrente de él, con la cabeza ladeada como quien lleva todo el día esperando, sacó las manos de los bolsillos y soltó un – ¿Cómo puedes tardar tanto en una casa tan pequeña ? -seguido de una risa forzada a modo de cortesía, – Jajaja, ¡ Es broma Mitch ! No empieces a enfadarte. – hizo como para abrazarlo pero se retrajo – Ah, te advierto, no pienso jugar a tus juegos de mesas hoy. No me vas a retener hasta las cinco de la madrugada despierto, de nuevo. -dijo, remarcando el «de nuevo», y mientras lo hacía se abalanzó sobre Mitch.
Éste encajó el golpe del cuerpo de Marc agachando la cabeza a la vez que abría los brazos, se dieron dos palmadas profundas y Marc le dijo -Voy a cobrarme aquella cerveza que me debías- se rió y paso torpemente al lado del otro para ir a la cocina quitándose la chaqueta.
Mitch levantó los ojos distraído y se cruzó con unas manos morenas que estaban caídas largo unas caderas pronunciadas por un ligero vestido de cotón azulado casi transparente.
Instantáneamente las afiladas manos de uñas blancas se levantaron acompañando la pregunta – ¿Siempre es tan bruto?.-
Mitch la miró a los ojos; eran castaños casi negros, tan obscuros que no se  distinguía donde empezaba la pupila.
Las manos se quedaron quietas e  interrogantes a la altura de la mandíbula, justo delante de las puntas de su cabello que se soltaban de su moño adornado con lazos. Había esbozado un acento de sonrisa, dejando que sus dientes blancos se liberaran de sus gruesos y obscuros labios.
Él se quedó callado, con la boca cerrada, solo los ojos demostraban su real estado interior, pues estaban abiertos y perdidos hacia delante. El silencio fue roto por los sonidos contemporáneos de una puerta y una cervezas que se abrían.
Mitch seguía inmóvil cuando escuchó un lejano – Cariño, ¿A caso sabes qué hora es? No encuentro.. – las palabras fueron cortadas de neto por un silencio pesado y plano. Mitch y Lut miraron a la vez y se encontraron con la figura de Nami totalmente desnuda y quieta sobre el umbral del pasillo que comunica con baño y habitaciones.
Nami se había quedado quieta, con un brazo que masajeaba el otro esparciendo quién sabe qué crema. Estaba totalmente depilada  y su sus tatuajes negros destacaban sobre su piel dorada y apagada. Se había dejado una pequeña línea de vello sobre el sexo que se estendia por cuatro cinco centímetros de su vientre.
El chico volvió a mirar a Lut que estaba totalmente petrificada viendo aquel cuerpo desnudo. Su expresión cambió en un gesto dócil y rápido, casi no queriendo que pasara, pero siguiendo una corriente invisible de sucesos inevitables. Sus manos volvieron a levantarse y de sus dientes blancos se escuchó salir un – Ahora voy a tener que matar a tu novio para huir contigo. Voy a tener que hacerlo en seguida, ¿Quién en su sano juicio no lo haría después de haber visto lo que he visto yo? – se giró hacia Mitch -¿ Te masturbarás pensando en ella me imagino, no? – que le contestó – No, lo solemos hacer directamente juntos-. Sin sonreír en lo más mínimo. Ella se rió y volvió a mirar a la chica – Tiene coraje tu novio-. -Sí, es simpático, por mí no hace falta que lo mates, puede quedarse con nosotras.- dijo Nami guiñando un ojo y llevándose el índice al labio inferior. A Mitch no lo dió tiempo a replicar que fue interrumpido por la voz profunda de Marc -¡Hey, WoW! tendrías que haber avisado que era una orgía. – y se rió a carcajadas sin quitarle el ojo de encima a Nami.
Las llamaradas de vergüenza se prendieron el el estómago y subieron hasta su rostro que cambió color. Bajo la mirada al suelo y soltó un «imbécil» dándose rápidamente la vuelta y desapareciendo tras la puerta del baño.
-No te enfades mujer, ¿Por qué te vas? Mitch, ya sabes que es broma ¿No? Es que yo que sé … ¿Cómo se le ocurre estar desnuda al centro de la sala? – farfulló Marc evidentemente incómodo – ¿Has pensado alguna vez que posiblemente el mundo no gire en torno a tí? – añadió, irritada, Lut a sus palabras – ¿ Te has parado a pensar aunque sea por un segundo que alomejor salió del baño sin querer y puesto que su público era su novio y una chica cualquiera no se había sentido incómoda hasta que llegaste tú? O simplemente quería calentarme y ponerme cachonda para que cuando ustedes se queden dormidos yo pueda sacar toda mi bisexualidad y follármela rudemente mientras sudamos y nos revolvcamos sobre la que antes era la cama de Mitch… – dijo enigmática antes de sacar todo el peso del sarcasmo en una única carcajada. Estaba literalmente doblada en dos, las manos apoyadas sobre las rodillas y el pelo que saltaba sobre su cabeza a cada estallido de risa renovada.
Mitch ya no sabía ni como se llamaba; los últimos 30 segundos lo habían dejado aturdido, como después de un golpe en la sien. Se encontraba desubicado y casi mareado. Para cuando había vuelto en si ya tenía Marc abrazado a su cuello mientras sostenía la cerveza con la puntas de los dedos de la otra mano; -Te dije que te iba a gustar, es una mezcla perfecta entre tú y Nami-.
– Tú y yo nunca hemos hablado de eso-
– Te lo dije…- contestó haciendo caso omiso a sus palabras, e intentó agarrarse también del cuello de ella, un segundo antes que se escabullera rodando mientras le contestaba – No no. No soy ni uno de tus «colegas» ni una de tus «amiguitas».- y se alejó recobrando la compostura y sistemándose el vestido.
Mitch hizo lo mismo apoyándole la mano en el hombro a Marc – No te preocupes, algún día encontrarás una amiguita que será también tu coleguita y allí, oh amigo, allí sí que dejaras escaparla porque eres gilipollas; guapo pero gilipollas. – y se alejó antes que él pudiera contestar.
Lut estaba al lado del sillón, de pies jugueteando con el diminuto bolso casi fingiendo que sacaba algo de él, sin perder de vista Mitch.
Se le veía incómoda, casi en defecto, como si hubiera exagerado demasiado con los chistes, y toda su desfachatez fue borrada por ese amago de vergüenza,  revelando retales de su ser más hondo; su timidez y su subestimación por si misma se dieron la mano y empezaron a abrir y cerrar el bolso de forma perfectamente sincronizada.
El anfitrión iba hacia ella cuando se percató de la escena; la vió nerviosa y quieta, con sus profundos ojos  marrones-negro , sus labios obscuros y su pequeña y afilada nariz , y le entraron ganas de abrazarla, de hacerla sentir cómoda; de dormirla y arrollarla entre sus brazos mientras su vestido caía y se columpiaba con el movimiento. Se sintió culpable y no a la vez y decidió pararse. – ¿ Por qué no te pones cómoda, Lut? Nosotros vamos a traer comida -.
-Gracias Mitch pero nadie me había avisado y ya he comido-
-Tranquila, aquí se viene a engordar- dijo alejándose.
-¿No irás a traer papas fritas?
-Eso no es comida chica, Nami ha preparado sus famosas quiches de verdura-
-Pff pero si eso no engorda, las quiches de verduras son el éxtasis de la comida-
-Ya me dirás mañana cuánto has engordado-
-Pff ¿Quiches, vino, juegos de mesa y tu novia desnuda? Cómo sea siempre así me da que me voy a quedar aquí para siempre- dijo volviendo a reír a carcajadas sonoras.
-Hombre las quiches no siempre estan-
-Bhuaj eso es lo que menos me gusta de tu casa- remarcó arrastrando la risa en un único sonido.
-Oye, ¿Te crees que por ser una chica voy a aguantar que bromees sobre mi novia?-
-¿Y tú te crees que por ser chica no puedo levantarte la novia?- escuchó que le gritaba desde la sala.
-Touché – le gritó él, – ¿ Por qué crees que por tener un buen culo y una bonita sonrisa  mi novia querrá huir contigo?
-En primer lugar, de mí suele gustar más las tetas y los ojos. Dijo ajustándose el vestido a la altura del escote creyendo que nadie la vería – y además si lo hiciera, dejarte digo, sería por qué soy de las que cocina y después friega.-
-¿Todo tú solita?¿Sin la ayuda de nadie?- ella soltó un «mhmj» de aprobación , y él pensó que dejarlo por él era lo más lógico que podría hacer Nami, y soltó un suspiro casi de rendición.
Marc, que estaba a su lado mientras preparaban la comida lo miró y se rió; -Por mi que te levanta la novia de verdad-
-Por mi que eres un iluso- contestó levantando los platos y llevándolos a la mesa baja que estaba entre los dos sillones y el puf gigante, tan grande que parecía una cama balinesa.
Lut seguía de pie, no se había movido en lo más mínimo, solo había dejado de jugar con el bolso para empezar con el vestido. Parecía que quisiera dar vueltas, sin atreverse. Mitch le pasó al lado y notando que había cambiado el bolso al otro hombro, sonrió y bajó la cabeza. Apoyó los platos en la mesa, la miró de arriba abajo; tenía un pie en punta, delante del otro, como haría una niña a la que le acaban de decir que es preciosa. Se sentó en el sillon verde que estaba entre la cocina y la mesa y le dijo gentilmente – Ponte cómoda, Nami saldrá en breve, aunque no creo que lo vuelva a hacer desnuda. – justo se oyó el «clack» típico de un puerta de habitación y le siguieron las palabras burlonas » ¿Cuántas veces te tiene que decir que te pongas cómoda? » .
– Es que no me ha dicho qué tan cómoda ponerme – contestó ella en el mismo tono, siguiéndole la broma pero empezando a quitarse el bolso y la chaqueta y dejándolos en el suelo, sin mirar a Nami pero con una sonrisa floreciendo en su cara. – Digamos como si estuvieras en tu casa, pero con un pervertido que pagaría por verte desnuda- dijo ella indicando Marc a la vez que le guiñaba el ojo.
-Vale vale, me lo merecía por antes, pero no deberías de haberte enfadado. Ya sabes que eres como una hermana para mí.- dijo él mientras hincaba el diente en otro trozo de tarta salada.
Nami fue a la cocina solo tras un leve amago hacia ellos. Lut, en cambio se había desabrochado los zapatos altos que llevaba y se había cruzado de piernas cuidando que el vestido no revelara nada, no tanto a Mitch que estaba ocupado cambiando de lugar a cada cosa por quinta vez, y que además estaba a su derecha, sino más bien por Marc que estaba enfrente suyo tragando comida limpiándose la boca con una servilleta ya bastante usada.
Él notó la mirada de ella sobre sí, pero hizo caso omiso. Lut, en cambio, le sonrió como quien duerme bien por las noches, luego bajó la mirada a la mesa y probó un trozo de queso de uno de los platos.
Un gemido muy fuerte pero en absoluto sarcástico llamó la atención de Mitch que estaba volviendo a probar el vino. Los pequeños sofás naranja estaban uno al frente del otro y cada uno estaba asignado a  cada huésped. Para él fue fácil adivinar de donde provenía el ruido aún sin mirar. Giró bruscamente la cabeza hacia la izquierda antes que ella empezará – Dios el queso! ¿De qué es? ¿ Y de qué marca? – .
-¿ Te gustó el queso? Deberías probar la tarta.- contestó mientras le servía una porción  abundante en el plato. Él era así; si te apreciaba te cebava. Sin maldad. Pero lo hacía. Ella lo olió profundamente y exclamó -¡Pero si es de calabaza, puerro y queso! – agarró el tenedor como pudo y probó un bocado. Otro gemido llenó la sala -¿Que está pasando aquí? -dijo Nami apareciendo con rollitos de berenjena en vinagre ¿Mi novio se ha puesto a hablar? – dijo ella riéndose mientras se sentaba en el saco que cerraba el cuadrado alrededor de la mesa. -¡Por fin gente que sabe comer! – contestó la otra girándose hacia Nami y Marc -¡Tio! ¿Por qué me llevaste a comer ayer en un triste Burguer King pudiéndole pagar a ellos por.. Esto? -. Se inclinó hacia Nami y le preguntó -¿ Trabajáis también el «para llevar»? -.
-No, preferimos que nuestros clientes coman con nosotros y paguen perdiendo educadamente a los juegos de mesa.-
Contestó Nami que también se había sentado cruzando las piernas y se columpiaba hacia la mesa a cada bocado.
-¿Qué Catán qué? – dijo Mitch bromeando
-Oh Dios, ¿No estarás hablando de Catán el mejor super-juego de mesa que existe y ha existido jamás? – dijo ella frenética. Nami rió tan fuerte que casi escupía la comida y se giró para limpiarse con lo primero que encontró.-

-No vamos a jugar a eso- contestó Marc

– ¿Conoces otro Catán? – contestó Mitch ignorándolo.


-¿Qué expansión tienes?-.

-YO, no voy a jugar a eso- replicó Marc.


– jajaja.. eso es para fanáticos de la petanca.-dijo él.
Ella se cubrió la cara con ambas manos fingiendo un llanto que empezaba a parecer real. – ¿Dónde habéis estado? ¿ Quedan más como vosotros? –
-Somos los últimos – hizo Nami que seguía de espalda medio limpiándose y medio riéndose. La otra chica, que estaba de piernas cruzadas, separó las manos de la cara y las uso para saltar del sofá y caer a un paso de Nami, que antes de darse cuenta se encontraba envuelta por un silencioso abrazo. Lut había llegado allí silenciosa como un gato, y con la misma ligereza le susurró al oído – No voy a irme nunca más, lo siento.-
-Nosotros no vamos a pedirte que te vayas, me da a mí.- dijo ella preguntándose como había llegado allí. La estaba abrazando con los dos brazos enlazados por debajo de sus pechos, ella los notaba, y notaba también las piernas alrededor de las suyas; las dos eran mujeres bastante diminutas, lo que hacía que las puntas de los pies de Lut tocaran justo en la parte final del muslo, casi a tocar la ingle, y como Nami iba con un pantalón corto y muy suelto, sintió un escalofrío y las piernas le medio temblaron.
Los chicos no lo notaron, pero ellas si, y se quedaron calladas, justo una fracción de segundo antes que Lut, que seguí con la cabeza agachada, metida en la nuca de ella, volvió a arrastrar un poco más arriba la punta del pié, y solo con el ápice del primer dedo volvió a rozar el muslo. Su movimiento falló, no encontró la carne. Así que volvió a intentarlo, un poco menos timorosa. Retrajo hacia sí un poco más la punta , inharcando la planta y al bajar lentamente rozo lo que le pareció el lado izquierdo de su ingle. Era caliente, las dos lo notaron. Nami entrecortó la respiración manteniendo las piernas quietas; lo venía venir, casi lo estaba esperando. Pudo contenerse. En cambio se rió nerviosa, los chicos levantaron la mirada y Lut soltó la presa y se arrastró hacia atrás, despreocupada por el vestido. – Entonces podemos confiar en él – dijo con un movimiento de cabeza hacia Mitch. Nami lo miró y vio su mirada inquisitiva. No sabía que estaba pasando pero notaba Nami rara, se había dado la vuelta buscando la mirada de la otra chica, y encontrándose con unos ojos bajos, abiertamente avergonzados, su rostro cambió; parecía que estuviera conteniendo retenida una cara de tímida felicidad. ¿ Por qué iba a hacerlo? Al que ella sonrió y contestó -Sí, es de los nuestro; sin él  los juegos de mesa no tienen sentido.-
La otra se rió, y de sus dientes blancos evaporó un – que así sea- .Lo ahogó con otro trago de vino y en la comisura de los labios de su sonrisa se estancaron dos gotas de obscuro vino tinto

El semáforo

Madrid, en mayo, es una ciudad que ni duerme ni descansa.

Está tan despierta de día como de noche, es por eso que los estudiantes, y los trabajadores, aprovechan los primeros cálidos días del año para salir a pasear hasta las horas más oscuras.

Aquel sábado la capital era extrañamente concurrida, en parte por las familias que a esa hora empezaban la marcha de regreso a sus casas, y en parte por los más jóvenes que salían de sus dimoras para encerrarse en algún bar a beber y charlar con los amigos.

Era justo ese extraño fluir de gente por las aceras adoquinadas el encargado de esconder los rostros de los pasantes, dejándolos en un profundo anonimato.

Las siluetas que se deslizaban delante de Edu le molestaban visiblemente; le obligaban a caminar despacio, a velocizar la zancada en cuanto encontraba el más mínimo hueco y a pararse, si a algún niño se le caía el chupete al suelo, para no atropellarlo con su rápido andar. A él, no solía perturbarlo la muchedumbre; es más, siempre se sentía observado cuando bebía, por eso meterse dentro del río de cabezas lo relajaba. Sabía que las personas no tenían el tiempo de mirarlo, pues pasaban tan rápido que aunque hubiesen querido pararlo no lo hubieran conseguido… Y esa noche iba extraordinariamente ebrio.
Algunas horas antes, no más de tres vasos de vino le habían bastado para que sintiera la necesidad de irse a algún bar con algún otro grupo de amigos, no hizo caso a las protestas de los anfitriones que lo habían invitado a una noche de juegos en casa, y que se quejaban de aquel repentino cambio de planes.

Se levantó de la mesa y se puso su chaqueta de tela ligera, saludó fingiéndose avergonzado y dijo que en un rato volvería. Ellos sabían que podría pasar y eso les molestaba más aún.

El ascensor se quedó inmóvil mientras él resbalaba ligeramente por los peldaños de las escaleras. Abrió el portal de un gesto rápido y el olor a verano lo atropelló dejándole una sonrisita idiota estampada en la rostro.

Salió con unas amplias zancadas, dobló a la derecha y a la segunda, a la izquierda. A cada paso que daba, el murmullo aumentaba, siempre más, como cuando se acerca el tren, o como cuando te acercas tú a una trilladora. A la tercera calle ya se veía el murmullo. Él entró de cabeza y se sumergió en el río de gente. Tres rápidos pasos y era uno más, una gota de ese rápido flujo de energía pensante que correteaba de un lado a otro, individualmente.
no

Edu notaba un hormigueo en las piernas, a estas alturas ellas iban solas y él no tenía el mínimo control sobre ellas.

Intentó frenarlas cuando delante de él una familia iba a paso turístico charlando tranquilamente como delante de un café. Pero su cuerpo se escabulló por el pasillo de la derecha. El hombro pasó primero rozando un cuerpo duro, él levantó una mano a modo de excusa, en un gesto automático no intencional. El resto de su ser fue arrastrado por la inercia, y como por magia se encontró solo en un hueco largo y vacío. Los dos flujos de personas que caminaban en sentido contrario se alejaban en el centro, como si tuvieran miedo de tocarse, casi a no querer molestarse.

A él eso le daba igual, aunque estés unirse ebrio y paranoico aquel pasillo era una oportunidad demasiado grande para no aprovecharla; quería llegar lo antes posible. Quería sentarse, quería pedir algo fresco y quería bailar.

Ya basta (24sep14)

Por esta madrugada, basta,
ayer he escrito ya demasiado.
dejé que el alma soplara por mis manos
y acabé trazando sombras entre las luces.
Dejé que el martillo de mi corazón golpeara a tu puerta
y acabé de pied, inmovil, sobre el felpudo de tu conciencia.
Basta, mi amor.
Este amanecer me ha ganado,
ha roto mi pluma y ha quemado mis folios.
Se ha ofrecido a ti como antipasto
y tu te lo has tragado sin piedad, como si fuera postre.
Ya basta, tesoro.
No me despiertes
No me salves.
No me libres del mal.
He decidido vivir muriendo,
asi que no desenchufes mi sueño,
que es mi corriente desde el invierno
o me veras caer como relente sobre la ciudad.

El amor del tucán

Era casi la una de la noche y Alex estaba cansado de jugar. Lanzó el mando sobre el asiento del sofá, se quitó los cascos y se echó hacia atrás.
– ¿Como podía ser la una ya?- pensaba entre sí. -y ella no había vuelto aun-.
No era que la esperara despierto. Sólo le había dado por jugar mucho esa noche, justo la noche que de casualidad Mónica salía con todos sus amigos por un reencuentro de estudiantes del bachillerato.
En ese período no jugaba mucho, pues sus enfados estaban apoderándose de él, pero esa noche estaba más tranquilo, más rendido alomejor, y todo le daba igual. Esperaba sólo a que ella entrara por esa puerta, se quitará los zapatos y se diera cuenta de cuanto lo había hechado de menos, que lo besara, lo abrazara y se lo dijera en la cara. Sólo pensándolo ya notaba él calor de sus brazos y ya le ardía la espalda. Él era así de rarito. Cuando se excitava notaba un extraño calor por la espalda y los costados, prácticamente siempre.
Pero Mónica seguía sin cruzar el umbral; -¿Estaría bien? Cuando vuelve tarde suele avisar antes- sabía que la respuesta correcta era que sí, estaba bien. Se daba cuenta en seguida que además del miedo a que estuviera en peligro, también deseaba tenerla cerca, constantemente. Para él el día a día se hacía más ameno cuando ella estaba cerca. A veces le bastaba con tenerla feliz, donde fuera que estuviese. Si además sabía que estaba a salvo y sin hambre, que era lo que más le preocupaba, para él era domingo.
Sin embargo ahora no sabía si donde ni con quien estaba. No sabía si era feliz, e ignoraba completamente si la habían llevado otra vez a alguna cadena de comida rápida, donde ella se habría hartado gastando una fortuna para acabar teniendo hambre a los cinco minutos.
Alex la quería cerca, se la imaginaba sentada en la barra de la cocina, con la luz de la ventana que la inundaba por detrás y le aclaraba su corto cabello castaño. Se la imaginaba vestida con una única camiseta azul que le llegaba hasta debajo de las rodillas, y que a cada movimiento su pelo y su camiseta se transparentaban un poco más, dejando su cuerpecito un poco más desnudo.
La quería ver sonreír, que sus cachetes redondos le subieran hasta dejar los ojos poco más que achinados, quería su sonrisa de 32 dientes, que se avergonzara y disimulara con la lengua.
Volvió a coger el mando justo cuando oyó las llaves de Mónica en la puerta. El ruido de las llaves chocando la una con la otra parecía durar una eternidad. Para ahorrarle la molestia a los vecinos decidió ir en su favor a abrirle la puerta, pasó por medio del sillón y del sofá y en dos zancadas llegó a la puerta. Respiró hondo y giró el pomo. En cuanto la puerta se abrió Mónica cayó entre sus brazos entre rendida y deseosa, con la frente hincada en su pecho . Alex saboreó el momento con toda su presencia, cerró los ojos y exaló. Le devolvió lentamente el abrazo envolviéndola por detrás de su espalda, poco más abajo del cuello.
Ella se alejó débilmente y buscó su mirada. Sus ojos eran lúcidos y sus cachetes rojos. Estaba congelada; hasta el pelo emanaba frío y cuando ella tenía frío, aparecía un tenue color violeta que se asomaba por el centro de sus labios carnosos.
Mónica abrió la boca y lentamente, casi arrastrándose, de entre sus dientes salió un -te he echado de menos Alex-.
A él se le paró la respiración, contuvo el aliento y su corazón empezó a latir. Era justo como se lo había imaginado. La amaba, la amaba muchísimo. Ella le esbozó una sonrisa y con un leve movimiento se acercó a su cara y volvió a clavar su pesada frente debajo de su cuello.
Alex no tuvo más remedio que tragar, en todos los sentidos. Ladeó la cabeza y se apoyo sobre su mejilla.
-No vas a dejar dejar de abrazarme nunca, ¿Verdad?- le preguntó ella- te abrazaría hasta mañana si te quitaras este abrigo estorbante y frío- contestó él. -Tu sólo quieres desnudarme- hizo mientras se giraba y se alejaba hacia la cocina apagada. – En primer lugar la culpa es de tu señora madre por ser una artista y en segundo lugar que va, te lo tienes demasiado creído. – ¿Ó sea que no quieres follarme? – No, para nada- Ya veo..- replicó Mónica mientras se disponía a preparar un té. -Justo antes le estaba contando a Paula que creo que te estás volviendo gay. No algo tipo digievolución sino más bien lo normal, que te estás dando cuenta poco a poco. – Estás borracha- ¿Ah si? ¿Y el hecho que llevemos 1 año viviendo juntos y nunca jamás te he visto mirarme el culo? Alex por favor miralo, es precioso, o eso dicen por ahí. –
Alex se quedó inmóvil aguantando su mirada detrás de la nuca de ella sin bajarla mínimamente.
-Pero es que entiendo que no te guste yo, pero Alex, traigo pivones todas las semanas a casa. Duermo con ellas, a veces me acuesto con ellas y no digas que no has oído nada porqué vinieron los vecinos a tocar a la puerta a ver si estábamos bien.
Algunas amigas duermen en el sillón esperando que tú vayas a por ellas de noche. Duermen en tanga Alex. Joder despierta, ¿Que te pasa? ¿Posible que sé todo de ti menos eso?- Ya me lo has preguntado Mónica, te respondo por última vez que estoy seguro de ser hetero, aunque si fuera gay la cosa no cambiaría. Estoy sólo esperando la chica adecuada, ya he superado mi época de sexo salvaje y casual y repito salvaje, no te creas tan especial porque una chica pega dos chillones; a veces lo hacen sólo para impresionar.- ¿Pero tu eres tonto? YO soy una chica, se mejor que tú lo que hacemos y lo que no. Esa chica no quería impresionarme a mí sino a tí. Dejó la puerta abierta y la luz encendida joder. Y no viniste. – Alex se sentía temblar. Mientras Mónica versaba el té él aprovechó para poner orden en su cabeza. ¿Que más le daba si aquel pivón quería montárselo con él y Mónica a la vez? Él hubiese querido claro. Pero no le bastaba. Necesitaba tenerla toda para él para luego compartirla. Quería que Mónica fuera su pareja, prácticamente ya lo eran; hasta compartían piso. Sólo faltaba que Mónica dejará de traerse chicos y chicas a casa. No es que fuera muy promiscua, pero un año es un período de tiempo bastante largo para una joven de 24 años y allí no había que fiestas universitarias donde ella era la primera en emborracharse.
Mónica le acercó la taza de té rojo y las especias hicieron revivir rápidamente Alex.
Necesitaba sólo besarla. Ya se querían Ella ya llevaba más de 2 meses sin salir con nadie y cuando salía el tema en una de sus largas charlas ella siempre decía que había un chico pero que no sabía bien y necesitaba más tiempo. Alex siempre había sido celoso de ese chico. Lo odiaba con todo su ser. Pensaba que era lo que se interponía entre ellos, y por eso cuando la pregunta le era devuelta cambiaba de tema diciendo que buscaba la adecuada, y que cuando la encontraría lo sabrían ambos.
Ella siempre sonreía y decía que sí.
Mónica se había quitado el abrigo y la bufanda dejando a la vista sus imponentes curvas. Se desabrochó las botas y las dejó tiradas en el suelo frio. Acercó una silla al piano de la cocina y se sentó donde siempre se sentaba y donde él la quería.
Alex seguía en shock; esa era la noche en la que iba a decírselo. No sabía cómo hacerlo; probablemente tenía que estar callado y simplemente besarla. Acercarse bajarle la taza y con la mano izquierda acarociarle el cuello, agarrarla por la nuca y besarla caldamente mientras se acercaba lentamente a su cuerpo. Sólo de pensarlo ya notaba él fuego en la espalda. Hizo un paso hacia la silla y contemporaneamente ella acercó la taza a la boca para sorber un trago. Él se paró en seco y se apoyó a su lado.
-¿Como va con ese chico del que me hablabas?- Más o menos, es un poco gilipollas. – ¿ Y eso ? – Pasa de mi tres kilos, empiezo a creer que soy fea -. Dijo mientras volvía a beber.
-Pues sí que es gilipollas. Deberías hablarle un poco de política, todos caen rendidos cuando te pones sería. – Ya lo he intentado y nada – dijo riéndose – Sigue haciéndose el duro. – Pues sonríele. Cuando tu sonríes se para el tiempo. –
En cuanto terminó de pronunciar la frase bajo la mirada rápidamente y sintió como su cara divampava en llamas de vergüenza.- ¿Cómo coño se me ocurre?-
Ella se había quedado muda e impasible. Una cosa eran los cumplidos, ¿pero eso? Aquella era una sólida declaración de amor. No se lo pensó dos veces. Bajó la taza, giró la cabeza hacia él y sonrió lo más fuerte que pudo, exagerando tanto que le dolieron los cachetes.
Alex que estaba mirando al suelo movió la mirada para ver que pasaba y en cuanto tuvo el tiempo de entender qué pasaba, sus manos dejaron que la tazas resbalar por ellas cayendo en un tronante y seco sonido de cerámica rota.
Él, estaba tan ensimismado que ni entendió como había llegado aquel líquido caliente sobre sus pies descalzos y empezó a saltar de un lado a otro para enfría el te que se le había rociado sobre sus pantalones del pijama. La escena fué tan tragicómica que Mónica brinco de un salto a por las servilletas y se arrodilló frente a él para secarle los pantalones, sin resultados pues Alex no paraba de saltar; un poco por el dolor y un poco por la vergüenza. No podía creérselo; ¿Era él el chico? ¿Desde cuando?¿Y porque no le había dicho nada? No podía parar de saltar; estaba demasiado avergonzado. Por otro lado Mónica se estaba empezando a preocupar por las quemaduras así que no paraba de seguirlo allá donde fuera. Por fin consiguió pararlo, se arrodilló frente a él y le subió el pantalón mientras le secaba las piernas con un trapo. Alex se calmó por fuera, pero por dentro no paraba de latir a toda velocidad. La tenía a un palmo de su pijama, justo a la altura menos aconsejada. Y no llevaba ropa interior, nunca la llevaba desde que ella le dijo que tampoco lo hacía.
Alex aguantó con la mirada hacia el frente y con las manos en las caderas, mientras que ella constataba que se había quemado la pierna derecha hasta por encima de la rodilla, subió el pantalón preocupada remangándolo descuidadamente y sin querer el costado de su mano derecha tocó lateralmente el miembro de él. Un escalofrío recorrió ambos desde la espalda hasta la cabeza. Ella presentó su más disimulada cara de vergüenza mientras notaba que ese descuido la excitó violentamente y notó las piernas flojear débilmente en la posición en la que estaba, pero mantuvo la compostura e hizo como si nada. Alex quería explotar, un tsunami de calor le recorrió el estómago. Era tanto el shock que en principio su cuerpo no le respondió. Fue sólo cuando ella siguió acariciando el interior de su pierna para limpiarle el té que notó como su sexo empezó a pulsar y engrosarse. La vergüenza era tanta que no podía moverse, pero tenía que hacer algo. Resistió otros dos segundos, al que Mónica vió clarissima mente como el miembro a diez centímetros de su cara volvía a pulsar. Su silueta era ya visible y definida. Se sintió otra sacudida más fuerte en el centro de su vientre y sus piernas volvieron a fallarle. Alex bajó la mirada justo para ver su miembro ya a media erección. Con una velocidad supersónica se giró y corrió en baño gritándole- Me echo agua, es lo mejor-
Entró en baño y cerró. Se sentó en el suelo y se sintió morir. Quería enterrarse allí mismo. No quería volver a salir del baño en su vida. En ese momento lo único que podía pensar era que deseaba con todo su ser que Mónica tocara la puerta, entrara y lo besara. Esperó sentado con el corazón a mil, ansiando ese momento.
Pasaron 15 minutos y de Mónica no escuchó ni un ruído. Seguía muerto de vergüenza pero 15 minutos le habían durado una eternidad. Y sintió la necesidad de salir. Ya sabía que iba a hacer; iba a llegar en el salón donde estaría ella sentada en shock como él, y le habría pedido perdón, le habría dicho que el cuerpo de un chico no responde a lo que se le ordena y que no debería haber pasado y que…Abrió la puerta del baño y escuchó un silencio tumbal. Recorrió el pasillo hasta el salón, respiró hondo y creyendo saber bien que decir cuando entró con paso firme. Su boca se semiabrió cuando vio el salón completamente vacío. Había hasta recogido sus zapatos y apagado la luz de la cocina. No podía creérselo; había tardado demasiado y ella no estaba para juegos. ¿Cómo iba a hacer para sacar el tema el día siguiente? Deludido y frustrado apagó la luz del salón y se giró hacía el pasillo largo. Dió un paso hacia adelante y vió como al fondo del pasillo, exactamente en el lugar opuesto de su habitación, una tenue y temblorosa luz salía justo de la puerta entre-abierta de Mónica.

Nadie

Nadie está listo para irse.
(Fin)








































Nadie está realmente listo para irse de este mundo, creo yo.
La natura intrínseca del ser vivo tal y como lo conocemos es que no está muerto. El morir le da un plazo para cumplir su meta y eso es lo que llena la existencia del ser vivo.
Y el hecho que se alcance o menos la meta es sólo una de tantas variables que influyen en la experimentación de un determinado grado de satisfacción o rendición que los seres se llevan a su estado no-vivo.
Los momentos de cambio de estado son momentos ultradecisivos para el ser y creo que hay que cuidar que sean lo más satisfactorios posible.
Veo la vida como un gran banquete de la comida que más te gusta; puedes quedar harto, pero no satisfecho.
Y eso es lo que le da sentido y no-sentido a la vida y la muerte.
(Fin)

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