Nose qué será

Nose qué será
Pero me tienes narcotizado.
Te cito, sí, me da igual que no te guste.
Me da igual que lo escuches y te asustes.
Hay algo en tu mirada
Que me hace perder el norte.
Como si en verano la niebla
Se acercara y me hablara de mí.
Hay algo en tus caricias
Que sabe un poco a lástima.
A veces toco el cielo,
Y otras me muero de miedo.
Hay algo en tus pasos
Tan ligeros y remarcados.
Los sigo con los ojos
Mientras te tiñes de azul.

Un sorbete de limón un martes soleado.

Su nombre era Anastasia. Su apodo Ani, pero para él era anís. Picaba en la lengua y dejaba su recuerdo en todas las salas que visitaba. Era como un eclipse lunar, un sueño interrumpido, un sorbete de limón un martes soleado. No quería saber jugar al ajedrez y su vida se dejaba zarandear por los caprichos de pasiones y decisiones políticas. Era alta y flaca, sus vestidos voleteaban siempre donde fuera que caminara, con o sin viento, con o sin aire. Pero ella no se percataba de estos detalle, o almeno daba esa impresión. Pasaba de una mirada cariñosamente falsa a una ojeada inquisidora y presumida. Era arrogante y podía permitírselo. Era cínica, y nadie más que ella podía permitirselo.
Anís, no era de las que se dejaba levigar por los hombres. O la rompías o ni la rayabas. Y cada vez que la rompían la hacían más afilada y más cortante. Y muchos la habían roto. Y a mí eso me dio igual.
Llegó a mi vida cómo tenía que llegar en la de todos; como una idea brillante, como la nueva de Sam Tompkins, como la sombra del edificio enfrente al tuyo. Inamovible, permanente hasta nueva obsesión. Y yo la acepté, me deje llevar. No me asusté. Le bailé y le dije lo que pensaba y le gusté, a momento, a suspiros pero le gusté.
A veces me acariciaba como a un amigo muy querido, como si quisiera que me quedara, y otras veces como si fuera el último de los guachines que no dio la talla en la cama. Ese pulgar rápido que recorría mi mejilla, mientras el resto de la mano me sostenía la mandíbula. Me entran escalofríos de solo pensarlo.
No recuerdo la última vez que nos corrimos y nos cansamos pero recuerdo sus ojos, tan cerca de esos labios carnosos y rotos por el frío que gemían débilmente de ardor, que calentaban el alma y helaban la sangre. Sus pupilas se dilataban y se esparcían por el iris marron oscuro cómo una mancha de aceite caliente. Manchas, manchas, manchitas. Toda esa masa de desprecio se quedaba quieta en el centro del mar blanco-rojizo, contorneado por una sagoma de mirada luminosa.
Ella era calma, y no obstante eso tenía una energía que le emergía del estómago, un aura pura y violácea que la inundaba y la hacia levitar para transportarse donde quiera que tenía hago que hacer.
Era mayor que yo, aunque no lo aparentaba y a cada beso te lo recordaba. Su labio inferior te decía que sí, y el superior que no.
Y alomejor es que una parte de ella sí, pero todo el resto no. Y ella parecía no querer rendirse. Como si supiera que era demasiado para mí, y con paciencia me daba siempre otra oportunidad.
A cada poesía me hacía derretir y yo aprovechaba que leyera para mirarla. Aprovechaba cualquier cosa para mirarla. Era tan pasional y despegada de mi que podía haberme ido y no lo hubiera notado. Y mientras miraba al frente sonriendo para si. Me gustaría coger el sabor de tu sonrisa y rociarlo sobre los enfermos para curarlos.
Me gustaría coger tu orgullo y dar de comer a África entera.
Ella se reía cuando le decía que sí a cualquier cosa, y se ermetizaba cuando bromeaba. Desnuda era pura, te sonreía y te daba placer. Te besaba y te daba placer. Te agarraba por la espalda y te daba placer.
Vestida era educada, como a demostrar que podía hacerlo. Y cuanto más bebía más reía. Y cuando terminaba de beber no hacía falta hablar.
Era peligrosa. Era tremendsmente incompetente en lo de no enamorar. Sabía que dañaba y no le daba igual. Era mala sin querer, era mala a gran escala. Era una torre torcida y un castillo en medio al mar. ¿Cómo podía hacer feliz Anís? No podía, ella no quería. Solo me quedaba paseando por la costa dejando que su mar me graciara inhundándome de vez en cuando.
Ella había decidido hacerse feliz a sí misma.

Ásmame

Ásmame,
Así, con el aliento corto, de prisa,
Como si la primevara hubiera llegado,
Y las flores se abrieran para ti.
Ásmame,
quiero quemarme, quiero ahogarme,
quiero que me hagas tuyo,
que me dejes entrar y
me dejes sin respiración.
Ásmame,
Dime que no puedo,
dime que quieres,
dime qué quieres,
Dime qué no puedo.
Ásmame,
agítame fuerte,
apriétame entre tus dedos,
inhálame fuerte,
aguantame un poco,
y déjame ir
soltándome,
lentamente,
por tu boca.

Me gusta cuando callas

Me gusta cuando callas
porque estas como muy presente,
con tus plenos ojos de gata
me miras, y dices más que con la boca
sn que yo pueda interrumpirte.
Te quedas así, a dos palmas de mi,
y te siento dentro
y me siento dentro
y siento que nos fundimos.
Será porque me derrito en ti,
o porque eres tú que me envuelves,
pero conozco tus ojos,
se que dicen la verdad.
Y cuando me miro
A través de tu mirada,
casi me gusto, casi me quiero.
Y es solo por eso
que me gusta cuando callas.

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