El espantapájaros y los cangrejos

Jenny estaba cansada de todo aquello; estaba huyendo, ella lo sabía.
Sabía que no iba a solucionar nada, sabía que tendría que regresar antes o después, y no obstante seguía conduciendo.
El sol era tenue y bajo. Ninguna nube en el cielo para ocultarlo y seguía sin manifestarse claro, como si quisiera esconderse junto a ella. Janny apreciaba el gesto y de vez en cuando se sorprendía sonriéndole, dándole las gracias durante un segundo, antes de volver a su aspecto contrariado.
Llevaba ya unas horas conduciendo y no tuvo más remedio que pararse a llenar el tanque. No sabía cuánto iba a conducir, pero necesitaba sentirse libre de hacerlo cuanto quisiera. Intercambió el dinero con las llaves y dio las gracias desde dentro el coche.
No había pensando en cambiarse antes de salir, todo fue muy repentino; agarró las llaves, el bolso, unos zapatos y salió corriendo. Solo antes de entrar a la gasolinera se dió cuenta que seguía con el pijama. Llevaba una camiseta y un pantalón de chandal, ambos grises y cortados con tijeras por ella misma para que los agujeros fueran más anchos. De dos o tres intentos, había conseguido el pijama perfecto; un conjunto lo bastante caliente como para no resfriarse y lo bastante suelto para que ni lo notara. De hecho le parecía estar desnuda todo el tiempo, y de hecho la mayoría del tiempo lo estaba, pues sea en la camiseta que en el pantalón había quedado tan poca tela que a cada movimiento revelaba algo nuevo de ella. Por suerte había conseguido trabar lo que quedaba del pijama entre la espalda y el asiento, dando la impresión que llevara un verdadero pijama .
Estaba conduciendo con las manos agarradas por debajo del volante. Soltó despreocupadamente la derecha y agarró el segundo café que había comprado estando sentada. Terminó lo que quedaba de un trago y volvió a dejar el vaso en el mismo sitio.
Se notaba pesada, lenta.. cansada. No tanto de no dormir, sino de todo lo demás. Llevaba ya una hora conduciendo por la costa acantilada y el cielo aún no se había despojado de la negrura de la noche.
La joven se volvió a poner cómoda y decidió apagar los faros con un torpe movimiento de los dedos que volvieron a arrastrarse a su sitio. La visibilidad no cambió en lo más mínimo. Ya se veía todo y no obstante no era día aún. Dió un golpe con el índice al elevador de la ventanilla izquierda, que bajó completamente dejando entrar un frío aire punzante con sabor a mar. Tan rápido entraba que volvía a salir y a cada trompo que daba el aire se llevaba consigo el largo pelo de Jenny. Ella volvió a cerrarla como pudo y se echó el pelo hacia atrás. Toda su piel estaba erizada por el frío y una secuencia interminable de escalofríos empezó a recorrerle el cuerpo mientras el coche iba dando tumbos hacia delante.
La carretera se desvinculaba en una segundaria y la chica se deslizó junto a las montañas que bajaban hacia unas llanuras doradas.
El sol fué saliendo lentamente de donde quiera que estuviera, dando calor a todo lo que encontraba. Ella ralentizó el paso y bajó la ventanilla; un nuevo aire regenerado y caliente la abrazó desde atrás y el sol la besó delicadamente.
Abrió también la otra ventana y recogió el pelo para que pudiera conducir sin obstáculos. Se recostó nuevamente sobre el asiento, sacó la mano desde la ventana y la hizo jugar con el aire. La miró durante un segundo y se distrajo, cuando volvió a escrutar la carretera vió a lo lejos lo que le pareció ser un espantapájaros.
La figura de un hombre con un sombrero de paja y las manos levantada. A cada segundo que se iba acercando la imagen se volvía más nítida y más surreal; el brazo izquierdo se agarraba al poste de la luz, y el derecho estaba levantado como si estuviera pidiendo que lo llevarán a algún lado. Fue inclinándose siempre más hacia adelante, no tenía sus gafas y ver tan lejos se le hacía imposible. Desaceleró el coche hasta que, praticamente a la altura del espantapájaros, éste se giró rápidamente acompañando el movimiento de la vectura. Jenni casi da un volantazo por el susto, cuando volvió a domar el coche ya estaba lejos y no conseguía verlo desde el espejo retrovisor.
La duda la inundó. No podía ser un espantapájaros, pero ¿Que hacía alguien «haciendo dedo» tan pronto, con aquellas pintas y en aquel lugar?  Cuando llegó a la primera rotonda volvió hacia atrás automáticamente. Se sorprendió preguntándose a sí misma si hubiera estado dispuesta a cargar en su coche un viandante, en otras condicciones, porque en la situación en la que estaba, seguramente no. ¿Y por qué volvía? Tenía que ver mejor aquella persona tan rara; en su memoria se había grabado la imagen de unos ojos marrones que se confundían con el resto de la sombra.
Cuando superó una curva volvió a verle desde lejos. Seguía en aquella posición tan rara ¿ Cuanto habrá llevado así ? ¿Que idiota se quedaría en aquella posición tanto tiempo? Estaba de espaldas y Jenny volvió a arrastrarse hacia el parabrisas para estar más cerca. Volvió a reducir a velocidad y él volvió a seguir su movimiento con la cabeza.  Estaba en lo cierto, era un chico, parecía joven, más que ella incluso, completamente sin barba y con el pelo rizado. Esta vez sonrió ampliamente y desde el retrovisor vio como finalmente cambiaba de posición y tras pararse en una posición humana levantó el brazo y empezó a saludarla; no de forma irónica, más bien como si la conociera y le deseara que todo le fuera bien.
Ella se quedó petrificada . ¿Cómo iba a conocerle? Se habra confundido con alguien, pensaba para ella. Pero lo que realmente pensaba era en lo sincero y amables que fueron sus acentos de saludos. Aquella sonrisa tan educada y aquel movimiento de codo tan tímido le hicieron preguntarse quién era y por qué estaba allí.
Volvió a invertir el sentido de marcha y empezó a dirigirse hacia el espantapájaros. Faltaba menos de un kilómetro y le entró miedo de que pudiese pararse a recoger a aquel desconocido si bien joven y educado. No sabía nada de él, podría ser un asesino, por lo que ella sabía. Llegó al punto más lejano desde donde alcanzaba a verlo. Él se había sentado en su pequeña maleta y había sacado un libro. Su pulgar seguía levantado y bajaba solo para cambiar pagina. Jenny estaba nerviosa, no sabía qué hacer; quería una aventura, la necesitaba, y no obstante no estaba convencida de que aquella pudiera terminar bien. A 200 metros de él se resignó; apoyó la espalda hacia atrás y aceleró. Le paso delante tan rápido que apenas pudo verle bajar el libro el tiempo justo y necesario para sacar la lengua en una mueca irónica de cansancio. Ella miró de golpe hacia adelante, distraída, y distraída levantó el pie del acelerador mientras se iba acostando al borde derecho de la carretera. No sabía que pasaba; se había parado a pensar, estaba un poco desorientada y no sabía qué hacer. Cuando volvió en sí echó un vistazo al retrovisor. El joven estaba yendo hacia ella; había guardado el sombrero y llevaba la maleta en peso. Un escalofrío le recorrió la espalda. Metió la primera y sus pies se posicionaron para acelerar rápidamente y huir. El chico había interpretado su acostar como un invito a subir, y ella no pudo culparlo. Se acercó rápidamente casi trotando con su camisa abierta y mientras ella se preguntaba sobre que hacer, él se asomó por la ventana; – Hola desconocida, yo soy Jen – ansimó sonriente mientras recobraba el aliento. – ¿Hacia dónde vas? – Aquellas palabras retumbaron en el vacío del asiento derecho.
-No lo sé, la verdad- dijo ella tras unos segundos de silencio, sin ningún tipo de temor.
El rostro de Lenny era tan puro y sincero que la chica no tuvo más remedio que aceptar el hecho que no era ningún tipo siniestro y malvado, al revés ; cuanto más de cerca lo escrutaba, más fascinante le parecía. Tenía largas pestañas rizadas, unos ojos largos y achinados contorneados por un borde negro que le daba un aire místico. La camisa estaba totalmente desabrochada y el aire la movió a modo de orgullosa bandera. Era fuerte y viril, aún sin dejar de parecer un niño muy crecido, un verdadero Peter Pan de los tiempos modernos. El pelo parecía paja oscura y Jenny seguía sin saber definitivamente si era un espantapájaros o no.
Él se rió de su respuesta aún sin parecer turbado por tanta indecisión y le contestó, con la naturalidad de quién te pide permiso – ¿Te puedo acompañar? Y luego cuando decides donde ir me lo comunicas. Si no molesto..- dejo caer aquellas palabras irguiéndose levemente como a darle la impresión que no era esencial para él subir. Jenny se dio cuenta que para ella sí que lo era y le contestó rápidamente – Vale, con que   no te pongas a cantar por mí vale -. El joven sonrió de satisfacción y cargó la maleta en el asiento trasero furfuñando – Pues tú te lo pierdes querida, llegó a tener mi guitarra y te hago llorar de la emoción en menos de 5 kilómetro. – A ella le hizo gracia y le siguió el juego. Le gustaba, le gustaba muchísimo más de lo que debería. – Soy una chica difícil, yo. No me muestro antes el primer desconocido como si lo que escondo no valiera nada.
-Já- sonrió él y tratando de abrir la puerta añadió – ¿Es en mi honor que tienes el pestillo puesto? – ella se acordó de repente de que su mejor amiga había roto la cerradura días atrás y saltó hacia él para abrirle la puerta desde dentro. El movimiento fue tan brusco y veloz que la camiseta se liberó desde detrás de su espalda y su seno derecho se asomó columpiándose lateralmente. Ella se quedó inmóvil, sintió el fuego divampar en sus mejillas. Seguía con los dedos sobre el pestillo levantado y la mano izquierda sobre el volante. El pelo que tenía amarrado fuerte en una coleta baja resbaló por la derecha de su cuello a la vez que ella bajaba la mirada para descubrir lo que temía. Sentía el peso tirar hacia abajo y la camiseta sujetarlo desde la base, como para darle impulso a la vez que se columpiaba. Al tiempo que lo vió notó como los poros de su piel empezaron a endurecerse y la auréola se obscurecía. No sabía por qué pero aquel inconveniente la excitó de sobremanera. Reaccionó después de un tiempo eterno a la vez que Jen abría la boca para soltar un dulce – Primero me gusta que me lleven a cenar-. Abrió la puerta y se sentó lentamente, dejando todo el tiempo para que Jenny se recompusiera. – ¿No será uno de esos taxis donde se paga con sexo? – ella seguía con una expresión avergonzada y sorprendida, con un color bermellón que se extendía hasta el cuello. – Lo siento muchísimo te lo juro, yo no… Es que he salido pitando leches en medio de la noche y no pensé que me alejaría tanto de casa y llevo muchas horas conduciendo y yo.. y nose como…o sea si que lo sé pero no debería haber pasado. Lo siento muchísimo. – estaba apoyada al respaldar con las manos sobre el volante, inmóvil con los ojos desgranados y la boca semiabierta. No se atrevía a mirarlo a la cara. Él se había puesto cómodo , como si estuviera en su mismo coche, tenía un aire como de quien entiende la situación y quiere que no cunda el panico. – Era broma naturalmente- ella seguía sin mirarlo, petrificada sin saber si arrancar. – Hey, desconocida..¿Me podrías mirar un momento?. Vale, mejor.. Hey, no pasa nada.Ya ves yo también estoy medio desnudo y no me avergüenzo. Mira yo también tengo pecho…Ademas es tu coche, puedes hacer en él lo que quiera. Bueno otra cosa es que obligues a tus copilotos a hacer lo mismo en ese caso… –
-Bhua, ¿Por qué no te callas, mejor?. Ya te he pedido perdón, ha sido un error de distracción. Ni voy enseñando las tetas por ahí ni va a pasar nada entre nosotros. –
–  Hey nadie aquí ha hablado de sexo. Yo me refería al nudismo.-
– Bueno eso tampoco.-
-¿Ah no? Yo te hacía una mujer despreocupada y sin tabúes. De las que baila desnuda bajo la luna llena.-
Ella se giró para observarlo incrédula y en cuanto encontró su mirada, él rompió en una risa tan contagiosa que Jenny no pudo que acodarse. -¿Que te pasa? Ya he hecho nudismo-.
-Sí claro, en casa con la cortinas cerradas- contestó mientras seguía riendo bajito.
-Si- confesó ella,- y también en la playa-.
-Ajá,  con tu ex en la Cala más remota de toda indonesia.-
– Bueno, en Vietnam pero casi,.- dijo perpleja -¿Me estás siguiendo, a caso?-
-Sí, ahora que me has enseñado tu seno ya puedo irme-.
-Perfecto la próxima parada está a dos minutos, así podré irme yo sola a aquella playa nudista – por qué habrá dicho eso pensó Jenny volviendo a su color rojo, aunque solo levemente.
-¿Dónde? ¿A la playa de los cangrejos? Qué suerte que esté solo a media hora. Bueno, vale, puedo acompañarte un poco más. – la volvió a mirar enquisitivo y sonriente a la vez. Ella estaba pasando de avergonzada a cabreada en cuestión de segundos.
– ¿Sabes que estoy bromeando, no? Ni vamos a ir a la playa de los cangrejos ni me vas a ver desnuda.-
-Cálmate, cálmate. Probablemente nos hayamos pasado ambos. – dijo con su aire de salvador de la situación, miró por fuera de la ventana, hacia las playas brillantes que se extendían hasta el horizonte y suspiró.
-¿Cuál es el último libro que has leído? – la pregunta fue acompañada por un repiqueteo de dedos sobre la guantera y la cogió por sorpresa.
-¿El último..? No sabría, llevo mucho sin leer. –
Vió como Jen se contraía en una mueca de disgusto y horror.
-Estás medio muerta entonces amiga.-
-Lo medio se, amigo- contestó ella impasíble y sería. Nunca lo había pensado de esa forma pero le pareció una gran verdad que se aplicaba perfectamente a su situación.
– ¿Y usted?- le preguntó sabiendo que trataba de usted cuando estaba incómoda.
Él sacó de su mochilla un tomo grueso de «las noche blancas» del viejo Fëdor y sonrió.
-No estés tan feliz, recuerda que parece un bonito romance. Pero es de Dostoevskij.-
Él abrió su amplia boca como queriendo gritar y de ella salió un – Lo sabía, lo sabía. Cuando vi tu  desastre de coche desde lejos, sabía que estaba siendo conducido por una bella persona, con una interesante cultura y unos pechos de diosa.- y se rió mientras volvía a avergonzarla.
-Vale. Remueve la imagen de mis pechos de tu cabeza. Gracias. Y además si te parezco interesante por conocer un autor romántico ruso entonces eres un crío aún.-
-Sí lo soy. Tengo veintidós años y sigo siendo un crío. Aclarado eso, ¿Que más has leído de él?-
– Bueno he leído «el jugador», «El príncipe»..-
-Hey,» el príncipe» no se le. Del príncipe uno se enamora.
– Creía que le pasaba sólo a las mujeres-
-¡Qué va! Le pasa a cualquiera que haya sido criado en la cultura cattólico-protestante-ortodoxa.-
-¿Y a los anglicanos?-
-No, a ellos le da igual- y volvieron a romper en una risa gustosa y aguda.
-Sabes, tenías toda la pinta de ser un lector-.
Dijo ella sonriente. Él aceptó el cumplido de buen grado agachando la cabeza y escrutó el mar.
Jenny se acordó de Kundera y de su escena de la cafetería, dónde la camarera servía un cliente que llevaba un libro. No era grueso, no era viejo y no lo estaba leyendo. Pero el simple hecho de tener un libro cerca hacía que la camarera incluyera el cliente en su ficticio círculo de lectura, y pasara a gustarle un poco más.
Ella lo miró sin apartar la vista de la carretera, era guapo e interesante. El pelo le caía en espirales sobre los ojos y era de esos hombres que aprietan la mandíbula cuando piensan. A ella le encantaba y seguía mirándola pensando en cómo le daba un aire serio y adulto.
Qué casualidad encontrarlo ahí, pensó. Empezaba a preguntarse por qué razón el destino había hecho que lo encontrara. Justo aquel día después de lo que había pasado. Ella estaba huyendo, y siempre se huye a solas. Eso lo había aprendido hace tiempo. Era lo más correcto, pensó. O no.
Echó un vistazo a los carteles en la carretera. Tomó el camino que seguía el agua  -Te gusta el mar? – preguntó ella. Él contestó asintiendo con la cabeza, silencioso.
-¿Te apetece darte un baño ? – preguntó notando como se le hacía un nudo en la garganta. Él sonrió y la la miró bajando la cabeza. Las piernas le temblaron levemente y se adentró en el primer camino de tierra. Un enorme cartel amarillo apuntaba hacia el agua al principio del largo pasillo; «playa de los cangrejos»

Publicado por Maximusme

Trozos de vida de vidas a trozos

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