Historias de terror cotidiano – 2 La multa

Se que no debería contarlo, mucho menos escribirlo. Pero necesito sacarlo, necesito decirlo en voz alta a caracteres pequeños esperando que no llegue a las manos equivocadas. Mi nombre es Carlos y tengo una multa pendiente.
Puede que no parezca gran cosa, quien no ha estado en estas no podría entender, pero llevo mucho sin dormir un sueño profundo o sin disfrutar de un plácido domingo de descanso debido a los remordimientos y a las ansiedades.
Eso es; la duda me carcome, el miedo me corroe, la translúcida seriedad del asunto lo envuelve todo con niebla de los sueños y mientras yo pierdo de vista el objetivo, esa idea se queda dentro de mí, pulsante, como un segundo corazón creciente que se nutre de mi amarga sangre. Hay días que chupa como una hambrienta sanguijuela gigante, que no me deja dormir ni cinco minutos seguidos y me hace sudar cuanto pijamas. Y tengo que hacer cosas y empiezo a llamar.. Muevo hilos y pregunto. Pero el vehículo no es a mi nombre, y además he perdido los papeles, literalmente, y ahora tengo miedo a preguntar. Porque claro el dueño ya no está, o yo no sé dónde está. Naturalmente no puedo dejarle el marrón a él, él confiaba en mi pero yo…No se cuanto tendré que pagar, no puedo quedarme sin dinero, y luego ¿Qué hacemos? Pero el reloj del depósito sigue moviendo antipáticamente sus brazos casi a indicarme la vía, hacia dónde ir a preguntar.
Pero no puedo entrar allí. Entrar a preguntar delataría mi relación con el vehículo. Me harían hablar, cantaría como un canario con preguntarme a la primera. Paralelamente muero de ganas por contarles todo. Pero ¿Y si atiñen directamente de mi cuenta para sanar la deuda? ¿Qué le digo a mi familia? No puedo arriesgar tanto y no obstante los días pasan y yo no concluyó nada, me hago el ciego como suelo hacer con las desgracias.
Que nadie crea que hacerse el ciego delante de una multa pendiente es como pasar de largo enfrente de un mendigo. Nada más lejos que eso. Podría parecerlo a los ojos de un nunca-multado, pero a los ojos más expertos de un insálubre y estresado moroso, la multa viene a ser más bien una molestia como la del grifo que pierde, que gotea inexorable sin percatarse del daño que hace. Un clack constante y rítmico, que a veces para muy raramente para volver con más fuerza.
Ahí es cuando yo más miserable y juicioso sale a flote pidiéndome confesarme. Quiere que llame a la policía, que le cuente todo. No me deja dormir, se nutre de mi inseguridad y me vomita un estrés clandestino y pasajero que nada dentro de mí buscando dónde aferrarse. Naturalmente, no encuentra mínimo signo de remordimientos, se cansa y se va. Y empiezo a dormir, oh cómo duermo. Me gustaría tener una foto mía de cuando descanso para mirarla en las noches más agitadas y regocijarme en mi desdicha.
Pero seguiría siendo una ilusión, un mero recuerdo de cuando no tenía multas pendientes y vivía felizmente mi vida como un nunca-multado más.

Publicado por Maximusme

Trozos de vida de vidas a trozos

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