Madrid, en mayo, es una ciudad que ni duerme ni descansa.
Está tan despierta de día como de noche, es por eso que los estudiantes, y los trabajadores, aprovechan los primeros cálidos días del año para salir a pasear hasta las horas más oscuras.
Aquel sábado la capital era extrañamente concurrida, en parte por las familias que a esa hora empezaban la marcha de regreso a sus casas, y en parte por los más jóvenes que salían de sus dimoras para encerrarse en algún bar a beber y charlar con los amigos.
Era justo ese extraño fluir de gente por las aceras adoquinadas el encargado de esconder los rostros de los pasantes, dejándolos en un profundo anonimato.
Las siluetas que se deslizaban delante de Edu le molestaban visiblemente; le obligaban a caminar despacio, a velocizar la zancada en cuanto encontraba el más mínimo hueco y a pararse, si a algún niño se le caía el chupete al suelo, para no atropellarlo con su rápido andar. A él, no solía perturbarlo la muchedumbre; es más, siempre se sentía observado cuando bebía, por eso meterse dentro del río de cabezas lo relajaba. Sabía que las personas no tenían el tiempo de mirarlo, pues pasaban tan rápido que aunque hubiesen querido pararlo no lo hubieran conseguido… Y esa noche iba extraordinariamente ebrio.
Algunas horas antes, no más de tres vasos de vino le habían bastado para que sintiera la necesidad de irse a algún bar con algún otro grupo de amigos, no hizo caso a las protestas de los anfitriones que lo habían invitado a una noche de juegos en casa, y que se quejaban de aquel repentino cambio de planes.
Se levantó de la mesa y se puso su chaqueta de tela ligera, saludó fingiéndose avergonzado y dijo que en un rato volvería. Ellos sabían que podría pasar y eso les molestaba más aún.
El ascensor se quedó inmóvil mientras él resbalaba ligeramente por los peldaños de las escaleras. Abrió el portal de un gesto rápido y el olor a verano lo atropelló dejándole una sonrisita idiota estampada en la rostro.
Salió con unas amplias zancadas, dobló a la derecha y a la segunda, a la izquierda. A cada paso que daba, el murmullo aumentaba, siempre más, como cuando se acerca el tren, o como cuando te acercas tú a una trilladora. A la tercera calle ya se veía el murmullo. Él entró de cabeza y se sumergió en el río de gente. Tres rápidos pasos y era uno más, una gota de ese rápido flujo de energía pensante que correteaba de un lado a otro, individualmente.
no
Edu notaba un hormigueo en las piernas, a estas alturas ellas iban solas y él no tenía el mínimo control sobre ellas.
Intentó frenarlas cuando delante de él una familia iba a paso turístico charlando tranquilamente como delante de un café. Pero su cuerpo se escabulló por el pasillo de la derecha. El hombro pasó primero rozando un cuerpo duro, él levantó una mano a modo de excusa, en un gesto automático no intencional. El resto de su ser fue arrastrado por la inercia, y como por magia se encontró solo en un hueco largo y vacío. Los dos flujos de personas que caminaban en sentido contrario se alejaban en el centro, como si tuvieran miedo de tocarse, casi a no querer molestarse.
A él eso le daba igual, aunque estés unirse ebrio y paranoico aquel pasillo era una oportunidad demasiado grande para no aprovecharla; quería llegar lo antes posible. Quería sentarse, quería pedir algo fresco y quería bailar.
