Un universo solitario

No había amanecido aún y ya notaba él calor del mundo.
No es que la temperatura fuera alta… Simplemente era que a él, el mundo lo abrazaba en cada momento como diciéndole que le quería, casi diciéndole que no estaba sólo. Ó así lo creía. Ninguna mañana era igual a las otras, y no obstante había cierta rutina que lo acompañaba en cada despertar. Estiró las manos que notaba entumecidas y se sentó al borde del colchón. Apoyó los pies sobre la alfombra y dejó caer su hombros sobre sus brazos rectos que estrujaban la manta felpada. Bostezó en una mueca de dolor y una lágrima se escurrió por su ojo resbalando hasta la mejilla.
Apartó la alfombra con los talones y dejó caer lentamente las plantas sobre las baldosas rocosas y frías. No era fácil despertarlo, y más difícil aún era despertarse sólo. -Por suerte- pensaba – el frío y el café me acompañan-.
Bajó de un salto que le hizo crujir rodillas y espalda, y tras ladear un poco la cabeza metió los pies en las pantuflas de andar por casa y se echó sobre los hombros lo primero, y más caliente, que encontraba. Todas las mañanas se despertaba pensando en tres cosas; en el frió que hacía, en averiguar qué había soñado y hacía donde se dirigía. No es que no conociera su casa, es que a esa hora no recordaba ni su nombre y tardaba un rato a volver en sí. Qué había soñado solía quedarse en un incógnita que con los minutos se difuminaba en su mente como una nube alta y rarefacta. En cuanto al hacia dónde iba, la respuesta solía ser la misma; pasaba por la puerta apoyándose al marco, a veces tropezaba con sus zapatos y luego seguía hasta la cocina. Encendía la luz y volvía a apagarla, olvidándose todas las veces que allí, hasta de noche, la luz de la luna y las estrellas solía entrar por las ventanas y apartar la oscuridad como si de un viento cálido se tratara. Encendía el fuego con poco más que unos palillos y tras comprobar la temperatura de la plancha de hierro con la mano,  apoyaba sobre ella la cafetera que preparaba rigurosamente la noche anterior, siempre después de fregar la loza. Mecánicamente apoyaba la frente sobre el cristal de la ventana y abrazaba la columna del tubo de escape de la chimenea.
Sabía que hasta que no quemara, el café no hubiera estado listo. Por eso gozaba de su lento cambio de temperatura. La cabeza contra el cristal le servía sí para despertarse, pero era más que nada parte de la rutina de acostumbramiento a la vida. No solía llevar sus gafas redondas hasta después del café -¿Para qué?- y por eso se quedaba mirando embobado los picos de los árboles oscilar al ritmo del viento mientras su aliento seguía dibujando manchas opacas sobre la superficie transparente.
-¿Qué habré soñado?- seguía preguntándose – ¿Es posible que aquel pico se mueva más rápidamente sólo para saludarme? Hola a ti también, amigo. Espero que al menos tu te acuerdes, si es que sueñas.. – El interior del codo empezaba a quemarle, así que retiró el brazo, lo apretó contra el cuerpo para difundir el calor y fué a buscar las gafas. Cuando volvió la habitación era más templada y el café listo.
Inclinó la cafetera sobre su taza de cristal y se lo acercó para orlerlo con la nariz y con las gafas que se empañaban de alegría.
Tomó un sorbo y volvió a mirar a fuera. -¿Y hoy? ¿El universo será solitario como ayer?-.

Publicado por Maximusme

Trozos de vida de vidas a trozos

4 comentarios sobre “Un universo solitario

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